El Corazón de un Guerrero

Equivocarse no es razón para enjuiciar, ni cargar con culpas que nos hagan creer que por haber cometido un error, merecemos menos. "Te equivocaste, ahora te aguantas". No. "Te equivocaste, perdiste tu oportunidad". Tampoco.



Qué bueno que tengamos la humildad – al carajo con la humildad –... qué bueno que tengamos tanto amor a la vida como para reconocer nuestros errores. Reconocerlos en verdad. Hasta que duela y saquemos ese dolor a la superficie para que pueda volar e irse. Qué increíble es tener la capacidad – y valentía sobre todo –, de  arreglar cualquier cosa que podamos haber roto. De crear nuevas oportunidades. Porque si hay algo de lo que estoy convencida es que aquel que se equivoca, se ha ganado el derecho de algo más y más grande. Los errores indican que ha habido movimiento, que no nos hemos estado quietos, que nos arriesgamos. Me enerva la palabra "fracaso". No existe. No hay fracasos, sólo cicatrices, de las cuales por cierto, no deberíamos avergonzarnos jamás.

El problema de los errores es que dejamos que nos coman. Creemos que nos definen. Creemos ser eso que no logramos. O ese amor que abandonamos. El problema de las cicatrices es que las escondemos. Como si no quisiéramos que la gente se enterase de las batallas que hemos ganado. Esos que se dejan devorar y se esconden, se van encorvando tanto que se quedan enanos. Por eso admiro a las almas desnudas, que van caminando erguidas por el mundo sin vergüenza alguna, muestran su sangre y sus heridas. Criaturas más bellas no hay. Guerreros, les llamo.

Y confundimos a los guerreros con los rotos. Si les vemos una herida sentimos pena por verlos sangrar y queremos salvarles cuando en realidad, deberíamos admirarles por seguir de pie. Y amarlos como tal. Los guerreros no nos necesitan. No necesitan quien les salve pues se han salvado solos y es por eso que aman mejor. Aman porque sí. Porque han vencido y porque pueden.

Por fin entendí esa fascinación y tendencia que tiene la gente a enamorarse de "los rotos". Es que no están rotos. Están vivos. Se enamoran de su fuerza, y tal vez del deseo de tener los cojones de salir a la vida como ellos, sin miedo a las balas.

Si alguna vez un alma guerrera te ha amado, puedes estar seguro de que ha sido de verdad. Los guerreros van desnudos porque cualquier cosa externa les quema la piel. Van desnudos porque dejan que el viento y el Sol, y sí, también el frío, les sane las heridas. Van desnudos porque se han acostumbrado a ir ligeros. No pueden con peso extra. Necesitan saltar, y volar, y arrastrarse cuando haga falta. Van desnudos y cuando aman... aman desnudos. Más allá de piel con piel, hacen el amor sangre con sangre. Viven desde dentro. Se arriesgan a ser vistos, a que sepas dónde les duele, y qué es eso que los ha hecho tan fuertes. No te toman de la mano, te agarran el corazón entero. Lo sienten palpitar entre sus manos. Lo juntan con el suyo. Intercambian latidos.

Los guerreros dan. Porque son. Es verdad que no llevan equipaje, porque todo lo que necesitan lo llevan dentro. Los guerreros no dan lo que tienen, dan lo que son.

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