El Desconocido

Caminé sin rumbo fijo bajo la lluvia, con mis manos metidas en los bolsos del abrigo, y la mirada perdida sobre mis pies. Despejé mi mente y me dediqué a contar mis propios pasos, mirar mis botas humedecerse, y darme cuenta de que, a pesar de que mis pies sean compañeros, el rumbo habitual del caminar les impide ir juntos. Deben separarse para poder avanzar.

Doblé una esquina. Intenté ubicarme. Sabía la colonia en la que me encontraba, pues a pesar de ser muy grande, en ella vivía, pero aún así, tuve la sensación de que pocas veces había andado por esa calle.

Comenzó a llover con más furia, ya no podía mantener los ojos completamente abiertos. Poco tardé en escuchar a mi cuerpo que me decía tener frío. Sin embargo, yo disfrutaba estar ahí, en una calle que parecía desierta, salvo por unos pocos autos que iban a prisa. Me embrujaba la sensación de sentir que estaba dentro de una especie de pintura impresionista. El mundo entero es una pintura cuando llueve, sobre todo si se mira a través de alguna ventana, de algún cristal. Las gotas que resbalan son brochazos perfectos.

Entonces llegué a una cafetería que desde afuera me resultó bastante acogedora. Sin pensarlo demasiado, entré.

A pesar de que se respiraba una intensa vibra hogareña, no deposité demasiada atención a los detalles del lugar. Mi amado Simón y su repentina jugosa oferta de trabajo se atravesaban en mis pensamientos y al parecer también terminaban por despistar mi campo visual. No miraba nada en particular, no prestaba atención, no registraba mucho en mi memoria. Si en aquel momento hubiese decidido salir del lugar, jamás lo recordaría por mucho que lo intentara.

Me senté en una mesa que seleccioné al azar. Daba igual, todas estaban vacías. Debía ser por la hora, minutos más tarde del medio día. La gente frecuenta más las cafeterías ya sea por la mañana para desayunar, o después de comer, para beber algún café con buena compañía. Después quizá, para una dulce merienda.

Me encontraba envuelta dentro de una burbuja que me aislaba del exterior casi en su totalidad, por un momento creí que estaba sola en el mundo, que todo se había detenido, y que sólo mis movimientos eran capaces de producir cualquier sonido. No sé cuánto tiempo estuve bajo esa sensación, pero de pronto me percaté de que había alguien más ahí conmigo.

Frente a mí, un joven desconocido me miraba fijamente. Era mayor que yo sin duda alguna, pero tan sólo por algunos años. Por encima de todas las cosas que pudiera poseer, resaltaba de manera violenta su gran carisma, que acompañaba a una mirada fija y a una ligera sonrisa casi invisible. De hecho, no estaba segura de que sus labios estuvieran sonriendo en sí, pero era un hecho de que toda su persona lo hacía.
Era alto, pero no más alto que Simón, en realidad, pocos logran ser más altos que Simón.

¿Simón? ¿Qué tenía qué ver él en todo esto? Lo más magnífico del momento, fue que mis pensamientos anteriores desaparecieron con la llegada del joven muchacho de veintiséis años, quizá, parado frente a mí. Así es, Simón también se desvaneció por unos largos segundos dentro de mi memoria. De mi vida.

Sé que suena descabellado, pero tuve la sensación de que ese momento, era mi vida. Y que, de existir un minuto que pudiera describirla, sería ese.

Yo, había enmudecido. Intenté recordar, pero no conseguí traer a mi mente algún recuerdo en el que hubiera enmudecido antes a lo largo de mis veintitrés años. Mi total atención le pertenecía ahora a un hombre joven, moreno, delgado, de ojos negros, increíblemente profundos. Su persona resplandecía tanto, que una gran curiosidad de pronto comenzó a hacer ruido dentro de mi cabeza.

Me sentí cautivada.

El desconocido me miraba fijamente como esperando alguna respuesta. Bajé un poco mi mirada y pude ver que en sus manos sostenía un lápiz y una pequeña libreta. Sobre cada una de las mesas había un pequeño menú. ¡Claro! Estaba tomando mi orden, seguramente. Aún así, no le había escuchado en absoluto.

Él sonrió.

Pareció darse cuenta de que efectivamente, yo me encontraba en cualquier parte, menos ahí.

– ¿Disculpa? – pregunté, sintiéndome un poco torpe.
– Preguntaba si había algo que pudiera ofrecerte – dijo él.

Pero en su tono, había algo más allá de las palabras. Era un hecho de que se refería a algún alimento o bebida, pero su frase hizo eco dentro de mi cabeza un par de veces, en las cuales, intentaba acentuar y subrayar su verdadero significado.

«Preguntaba si había algo que pudiera ofrecerte.»
«Preguntaba si había algo que pudiera ofrecerte.»

Ese algo, a mi parecer fue bastante amplio, y me hubiera encantado poder responder que sí, pues era un hecho que en cuanto me perdí mirándolo, me olvidé de Simón y de todo lo que su nombre arrastraba. Sentí un extraño alivio al verme perdida en la esencia de un desconocido. Eso era lo que necesitaba. Salir de la presión del momento, olvidarme de todo, aunque fuese tan sólo por un segundo. Despejar mi mente, mis sentidos, escuchar a mis verdaderos deseos. Escucharme a mí misma.

Logré sentir los latidos de mi corazón, les presté atención. «Preguntaba si había algo que pudiera ofrecerte» me había dicho él.
Pero de pronto caí en cuenta, de que esos segundos eran, como cualquier segundo que se escurre en la vida; efímeros. Y sin importar las sensaciones que hacían fiesta dentro de mi cuerpo y mi cabeza, no iba a vivir de ellos. Debía volver a poner orden en mi vida. Era mi obligación reprender un poco a mis preocupaciones.

– No, gracias – respondí.

Me levanté. Era una pena que no pudiera quedarme más, pero debía marcharme.

Salí sin mirar atrás, me detuve en el umbral de la puerta por unos momentos mientras me aseguraba de que mi abrigo estuviese bien abrochado. Ya tenía una respuesta. En realidad, todo el tiempo la había tenido, pero la valentía para llevarla a cabo me hacía falta.

Muy extraño fue volver a salir a la lluvia, sintiéndome valiente y segura. Un gran alivio invadía mi pecho.
¿Cuál era el origen tan repentino de ese par de sensaciones que no todos los días me acompañaban con tan fuerte potencia?

Me di cuenta de que en realidad, eso no importaba. Aún.

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