Los colores míos

Lo que todos llaman presión social yo lo llamo inseguridad e insatisfacción.


No juzgo. No quiero decir que sea fácil. Tal vez yo lo tuve más fácil. Pero sé que debe ser un reto más complicado para aquellos que fueron educados para obedecer todo el tiempo, para quienes les inculcaron un amor tóxico a las reglas, para quienes toda su vida han tenido un peso encima que hoy se ha convertido en miedo a fallar, miedo a no ser suficiente. Lo entiendo.

Sin embargo, también llega esa edad en la que, refugiarse detrás de todas las normas familiares y sociales para excusarse del por qué tienen tanto miedo, se vuelve sólo cobardía.

Nadie dijo que ser valiente es fácil pero como yo lo veo es; hazlo un hábito.

Así como manejar, bailar, tocar la guitarra, o cualquier habilidad que hoy domines. Así, aprende a ser dueño de ti mismo.

Aún recuerdo la primera vez que dije que no. Sin rodeos. Sin más. Dije no a alguien que amaba, – para variar –. Me sentí culpable por semanas. No estamos acostumbrados a decir que no y cuando lo hacemos, no somos bien vistos. Vale, vivimos en una sociedad un poquito jodida, eso lo sabemos, pero entonces, si sabes que el río va lleno de mierda, ¿para qué quedarte a nadar en él?

Mi generación ya se está comprometiendo, casando, o embarazando. Ojo, no digo que esto esté mal. Para nada. Yo misma, sueño con ser madre y sé que cuando eso suceda seré la mejor. Sin embargo, no ahora. Y si tengo eso claro, ¿por qué habría de sentirme presionada por alguien que decidió hacerlo ya?

Me está haciendo mucho ruido ver a mis contemporáneas presionadas. Aferradas a un amor a medias porque sienten que ya es muy tarde para buscar a alguien más, porque si no es él, ya se les va el tren. Otras enamorándose fácil y rápido porque tienen que amarrar pronto. Otras en relaciones bellísimas y sin embargo, deprimidas porque aún no les dan el anillo.

No hay tal cosa como la presión social. De pequeños, quizá sí, porque aún nos estábamos formando. Escuchábamos y nos agarrábamos de los demás para construirnos y sí, la educación – o la falta de ella –, de nuestros padres, nos moldeó. Pero al crecer, pocos se dan cuenta de que a pesar de seguir cumpliendo años y de ver su cuerpo volverse adulto... siguen siendo dependientes emocionalmente. En nuestro intento por crecer, decimos que somos independientes pero en realidad, la dependencia que le teníamos a nuestros padres sólo la cambiamos de lugar. La colocamos sobre nuestra pareja o incluso amigos.

La presión social al ser adulto ya no existe. ¿Por qué querrías estar dónde los otros están? Sintiéndote mal si el otro ya se casó, o si ya le alcanzó para un coche, o incluso una casa. Si ya tiene su empresa. ¿Por qué te duele? Porque estás inconforme con lo que tienes. Porque no estás seguro de lo que eres ni de tu propio camino.

Un amigo me preguntó hace poco que si no tenía ganas de tener un anillo ya, de estar planeando mi boda. Le dije que no. Esto no quita que me emocione hasta las lágrimas cuando una amiga me dice que se ha comprometido. Cuando conozco a la bebé de otra. Cuando me invitan a sus bodas. Pero mi camino es otro. Mi tiempo es otro. No es que no quiera esto sino que no lo quiero ahora. Y quién sabe, tal vez no lo querré nunca.

Elegí una carrera y una industria en la que, los primeros años son una puta montaña rusa. No es sólo entrar, sino también colocarte y mantenerte. No cualquiera aguanta mi movimiento. Y lo entiendo porque no es sólo movimiento externo sino interno también. Estoy creciendo, evolucionando. Y este camino tan mío me emociona mucho. Sé que algún día me cansaré de este ritmo, – o tal vez no –, pero de momento, a pesar de la incertidumbre y el movimiento constante. El tener trabajo hoy y mañana no saber cuál sigue, ni cuándo va a llegar, ni dónde. Me emociona.

Amo seguirme conociendo y descubriendo. Amo saber que cuando me comparta, será en una madurez total y en un amor completamente limpio y libre. Sin pendejadas sociales. No ahorcaré a quienes amo con mis inseguridades. Me estoy haciendo dueña de mí misma, en un éxtasis total de amor a la vida, a mi hoy, a mi ayer, mi mañana; a mí misma. Aprendiendo a identificar los colores míos. Los que en verdad son míos, no los que me han salpicado los demás.

Esto no indica que me aisle como Zaratustra en sus bosques y montañas – ok, a veces sí –. Claro que comparto este viaje de crecimiento. Comparto porque tengo y porque soy. Pero con compartirme me refería a decisiones que no tienen vuelta a atrás.

Así que, chicas. O chicos, (perdonen el sexismo) si aún no se han comprometido, ni casado, ni embarazado. Si aún no se han comprado su propio coche o casa,  y les duele saber que alguien más sí, les invito a que miren adentro de sí mismos y vean qué están haciendo o dejando de hacer que los hace sentir insatisfechos e inseguros. ¿Por qué los pasos de otros les hace sentir que a ustedes se les está yendo el tiempo, la vida?

Sólo puedo decir. Enamórense. Enamórense de ustedes mismos. Verán cómo la presión se va.

Aventúrense a descubrir sus propios colores, antes de atreverse a pintar con esta tinta que no se borra.

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